Está por empezar el set que consagrará al campeón. Ella y Él son parte de uno de los equipos. Él siempre le dice que juega cada día peor; pero que, si pone empeño, algún día podrá mejorar (diplomática manera de agregarle una nueva presión)…En público laalienta y nunca la expone, pero al oído siempre le susurra las palabras justas para hacerla sentir mal.
Están ganando el último y definitivo set, quince a catorce; es a morir a dieciséis. Ellaocupa la posición de tres (adelante en el centro) y Él está en posición de seis (atrás al centro). Los equipos son mixtos: tres hombres, tres mujeres. El equipo rival está por sacar.
Ella está aterrada; no por el juego, sino por Él, que es impredecible y le respira en la nuca. El momento del saque se hace eterno… El sacador del equipo contrario hace picar la pelota repetidas veces: los ocho segundos de que dispone se hacen de goma…Mientras tanto, Ella selecciona y activa en la memoria recortes de su vida en sucesión de imágenes ordenadas en forma cronológica, y va construyendo su monólogo interior…
Siempre normalizo y justifico sus actitudes violentas y manipuladoras, me siento culpable si se enoja o molesta…Nunca comparto con nadie lo que me pasa, a nadie cuento nada de lo que me hace…Ya pasaron quince años desde que me separé del padre de Ricardo y me fui a vivir con Beto, encandilada por su carisma y encanto personal.Cuando lo conocí me cautivó su capacidad de brindarme cariño y protección, la forma en que me prestaba atención y el interés con que me escuchaba y se interesaba por mi persona. Enseguida sentí que era por ahí, que todas las cosas por algo suceden y que esta era la oportunidad de gozar del privilegio de compartir mi vida con la suya. Por siempre y para siempre…
Me enojé mucho las reiteradas veces que mi hijo me habló mal de él. Tanta bronca me dio que dejé de cumplir mi rol de madre, sin remordimientos. Fui aún más drástica con mis amigas: corté para siempre con casi todas, sobre todo con aquellas que se atrevieron a decirme, aunque más no sea una sola vez, que era narcisista y manipulador, que tuviera cuidado. No me importó; porque me bastaba con Beto; ¡qué digo “me bastaba”: me sobraba! Él siempre fue todo para mí…
El único espacio propio que pude sostener fue la práctica de mi deporte favorito: el vóley. Cuando jugaba (y lo hacía bastante bien) me sentía libre, suelta, feliz…Y él en eso no se metía, me dejaba hacer; ahí no me controlaba ni me invadía. Eso me gustaba; hablaba a su favor…Pero eso fue solo al principio…Con el tiempo fueron cambiando ciertas cosas y empezaron mis dudas. ¿Será que lo que yo llamo “cariño” es solo habilidad para negarme dignidad y autonomía, hasta el extremo de incapacitarme para opinar y decidir? ¿Verdaderamente se interesa tanto por mí? Cuando se preocupa por mi bienestar, ¿no será para obtener algo a cambio? ¿Por qué se irrita cuando no le devuelvo la atención o respuesta esperadas? ¿Será mínimamente consciente del sufrimiento que me provocan sus desplantes, frases hirientes, palabras y gestos que afectan mi autoestima, aunque las festejo cuando me dice que simplemente “fue una broma”?
Alguna vez, incluso, me pegó. No fuerte, pero me pegó. Luego de estos episodios, indefectiblemente nos reconciliábamos y volvíamos a encontrarnos nuevamente enamorados, cada uno recorriendo un camino diferente: yo desde mi aturdimiento y confusión, él desde su supuesto arrepentimiento. Imploraba mi perdón…y yo lo perdonaba una y otra vez y otra y otra…Para mí amar es justamente eso: comprenderlo y justificarlo. Y culparme…Y quedarme en silencio. Y no reprocharle nada…Aceptar todo y creerle…
Una vez rompió los límites (tácitos y flexibles) de nuestra relación: durante una discusión, me empujó con tanta violencia que me hizo caer y golpearme la nuca contra el piso: no me desmayé, pero me salía sangre, mucha sangre…Por supuesto, enseguida me abrazó, me pidió disculpas y construyó una interpretación del hecho en la que yo debía entender que lo ocurrido no había sido otra cosa más que un accidente. Entre llantos y sin decir una palabra, afirmé con gestos que sí, que lo perdonaba, que entendía que había sido accidental, que no había pasado nada…
Sin embargo, movida no sé muy bien por qué impulso, al otro día fui a consultar con un abogado, quien me aconsejó tramitar una perimetral ante el Juzgado. Le dije que sí, que ya me había cansado…Pero a Beto no le dije ni una palabra. Seguí a su lado como si nada hubiera pasado, desempeñando mi papel tan bien aprendido, no sé si por amor o por miedo. Así hasta que recibió la citación: su primera reacción fue mirarme con odio; creí que ahí mismo volvería a golpearme. Luego de un momento casi eterno, se acercó lentamente, me abrazó y llorando otra vez me pidió perdón y se justificó…Nuevamente me prometió que nunca más iba a pasar algo así, que iba a cambiar, que me amaba y que sin mí no podía vivir. Y nuevamente le creí…
Cuando fuimos los tres (Beto, mi abogado y yo) al Juzgado para deshacer el trámite de la perimetral antes de que entrara en vigencia –porque nos habíamos reconciliado-, el Juez y el Secretario se enojaron mucho conmigo. Nadie me comprendió ni me ayudó. Solo se enojaron por el tiempo que les había hecho perder…
Sufrimientos, agresiones, llantos, perdones, reconciliaciones, justificaciones; una rueda infinita…Insultos, humillaciones, celos, gritos, desprecio, descalificaciones, amenazas…. Miedos y silencio, sobre todo silencio…
Para colmo de males, desplegando su habilidad para manipular, consiguió con sus manejos alejarme del vóley: un día me fue a ver jugar por primera vez y al terminar me dijo que yo ya tenía más de 60 años, que ese deporte ya no era para mí, que por qué no íbamos juntos al club del barrio a jugar al newcom, más apropiado para nuestra edad, con reglas muy parecidas al vóley pero más inclusivo. En forma automática –sin pensar, sin sentir- volví a decir que sí, que estaba bien, que era una manera de estar más tiempo juntos. Y me quitó mi único espacio, el único momento en que verdaderamente lograba ser yo misma…
Un grito de Beto, desde atrás, la vuelve a la realidad:
– ¡Cuidado que el tipo saca fuerte!
El saque del contrario viene directamente hacia ella. Viene muy rápido y el efecto que trae la pelota impone respeto porque es claramente visible. No se tiene confianza, piensa que no llega, y la deja pasar…Detrás de ella, Beto tampoco llega: empate, quince a quince. A un punto todavía del triunfo, pero también a un punto de la derrota. ¡Match point para la victoria! ¡Match point para la catástrofe!
Se preparan ahora para jugar el último punto…Beto le grita desde su lugar:
–¡No pasa nada, tranquila!-.
Sin embargo, avanza dos pasos y en voz baja le dice:
-Si fallás de nuevo en esta, te reviento. ¡Te juro que te reviento!
La secuencia se repite: mismo sacador, misma fuerza, mismo efecto, misma dirección; el saque va otra vez directo hacia ella. Piensa en dejarla pasar, recuerda la amenazareciente, da dos pasos hacia atrás, escucha a sus espaldas el chirrido de unas zapatillas que rechinan sobre el parqué, estira sus brazos justo en el momento en que él grita“¡MÍAAAA!”; gira rápidamente sobre sí misma, corre hacia atrás… Se deja elevar, liviana y ágil, hacia lo alto en épico salto, como si fuera ave (la gran mujer ave), y…¡atrapa la pelota con sus dos manos! Ya no siente miedo…Nadie puede hacerle daño. De los cuatro segundos de que dispone para pasarla, se toma dos para disfrutar del alivio y la gloria; uno más para observar la cara de Beto desparramado en el piso, furioso y avergonzado… Y empieza reír, como si estuviera loca…Sin dejar de reír, rápidamente se la entrega fácil al cuatro, corre hacia la red para recibir nuevamente el pase, amaga dos veces y lanza la pelota en un perfecto globo al fondo. Esquina izquierda... Pica justo en el ángulo... ¡Buena pelota! ¡Ganaron! ¡Son campeones! La abrazan, la felicitan, le chocan las manos compañeros y rivales…La llevan en andas…
Es el centro de la escena, es la heroína del momento: todos, todas, la aplauden. Todos menos uno, que la mira, amenazante, con ojos de odio. Pero ella no dice nada: permanece en silencio, como siempre…Él también sigue callado, aunque sostiene la mirada inquietante…
Así continúan en el remís que los conduce a su casa. Ambos callados. Él clavándole su mirada furibunda; Ella, con la cabeza gacha y la mirada baja. El viaje es largo y las circunstancias propicias para que Ella siga pensando…
Estoy resuelta a que el día de hoy no termine como los anteriores. Mi decisión es definitiva: me voy; no vuelvo más. Nunca me atreví antes, pero esta vez sí. ¿Dónde ir? ¿Cómo? No debe ser tan difícil. Extrañamente, estoy tranquila. Por primera vez siento que estoy obrando por mí misma. Estoy segura de que no quiero ver nunca más a Beto. Estar con él me da miedo y culpa, sobre todo por el maltrato psicológico. Pero también tengo mucho miedo de lo que puede llegar a hacer, de la violencia de que es capaz.Tengo que dejar de sentirme culpable de que la relación no funcione y dejar también de preocuparme por sus amenazas. Ya no puedo seguir justificándolo, ya no puedo seguir diciendo: “en el fondo es una buena persona, yo le ayudaré a darse cuenta cómo actuar”, o “es celoso conmigo porque me quiere”, o incluso “me golpea porque ha sufrido mucho ». Puedo vivir sin Beto. Merezco una vida mejor.
Poco antes de llegar, Ella levanta la cabeza y lo mira directo a sus ojos, todavía rojos de furia, y le dice, cortante y firme:
–Yo no bajo. Me voy a la casa de Ricardo. No vuelvo más. Me hiciste mucho mal. No es justo.
Y, sin darle tiempo a reaccionar, dirigiéndose ahora al chofer, continua hablando:
– Sigo yo sola, señor. Voy a la casa de mi hijo. Le iré indicando el camino…
La parte final del viaje también es larga. Pero Ella ya no piensa en el pasado…Casi sin darse cuenta empieza a cantar, en voz baja al principio, pero cada vez más alto:
“(…) que el mundo es sólo para ti,
que nadie puede hacerte daño,
nadie puede hacerte daño.
Hoy vas a comprender que el miedo
se puede romper con un sólo portazo.
Hoy vas a ver reír porque tus ojos
se han cansado de ser llanto… de ser llanto.
Hoy vas a conseguir reírte hasta de ti
y ver… que lo has logrado”.
Cuando el chofer la escucha, la mira por el espejo retrovisor y le dice:
-¡La felicito, señora! Se nota que es usted una mujer feliz…









